RICTUS

(Primera parte - Tríptico Peregrinaciones)

Carezco de una expresión facial; papá tampoco la tenía. Mamá, después de una cirugía en la que le extirparon un tumor en el oído, perdió la precisión del gesto mas no la facilidad de hacerlo. Veinticinco años después mantiene que la mitad de su cara estuvo paralizada y aún hoy se le siguen despertando partes del rostro. La he escuchado mencionar varias veces a conocidos y desconocidos: ‘¿Te has fijado que la sonrisa no se extiende?’ En la actualidad ni se nota; de niño recuerdo ver su puerta entreabierta, un cuarto oscuro; mi abuela o alguna de mis tías cuidaba de ella. No recuerdo la deformación, el lapso de transformación está extinto en mi cabeza. Para mí la pérdida o excepción del gesto no es relevante: no se puede extrañar lo que siempre ha estado ausente. 

Mis hermanos tampoco lo poseen: se nota el artificio con una facilidad extrema. Creo que siempre lo he evitado; en las fotografías, por ejemplo, permanezco serio, ausente. Mi rostro se mantiene impávido. Por momentos creo que mi inalterabilidad más que neutralidad transmite lealtad. Desconfío de mamá cuando lo ensaya. He pasado por su cuarto y la he visto frente al espejo practicándolo después de cepillarse los dientes. La atrapo desprevenida y ella disimula el ejercicio: como si fuera cuestión de higiene y no de vanidad. A papá se le notaba el carácter con el mero intento, con la ficción: qué extraño reconocer a alguien por aquello que finge y no por aquello que revela. 

Me he preguntado si aquel gesto ridículo es hereditario o aprendido. Lo he visto desarrollarse en la hija de un primo materno. En los niños siempre se ve falsario, con el tiempo lo adoptan con más contundencia. Sus padres, mi primo y su esposa, lo realizan a la perfección. Cuando movimientos similares aparecen en mi rostro sin haberlos meditado, siempre se notan postizos; me recuerdan a mamá: tenemos los mismos rasgos faciales. Aunque nos parezcamos, no heredé la totalidad de su carácter, ni tampoco de papá, poseo un poco de ambos. Mi hermano menor, que mantiene unas facciones idénticas a las de papá, se parece muy poco a él. Mi hermano mayor lleva marcas de ambos: una insolente mirada miel.

El gesto me genera desconfianza, ésta es aprehendida: la he relacionado con personas que han estado a mi alcance y he visto sus vidas desde el infierno de su núcleo. Siento que, cada vez que se extienden los surcos del rostro, hay una infinita tristeza en el fondo; por supuesto el caso no es reproducible, no puede generalizarse. De niño creía que, el odio o la repulsión a ciertos gustos o banalidades de aquel que detestaba, me definía. Por supuesto en la infancia se toman aquellas actitudes y, con el tiempo, se dejan ir: se comen tales alimentos, se compran estas pertenencias, se adoptan ciertas posturas. Pero aquel gesto -ahora de adulto- sigue definiendo las personas que conozco. No quiero que se me tome como un malhumorado, o que cargo con una constante mala disposición; todo lo contrario: mantengo una buena presencia, una cordialidad extrema. 

Como mamá, yo también me he mirado al espejo, he tratado de realizar el gesto, pero al ver el ridículo reflejo, apago la luz y cierro la puerta. He evitado los espejos toda mi vida ¿podrá ser por la ausencia del ademán? De pequeño, recuerdo sentarme con mis hermanos y mis primas: ellas exponían los movimientos, pedían que siguiéramos uno a uno los pasos de la acción -similar a la pronunciación de una palabra en un idioma desconocido-, nosotros siempre fallábamos. Ninguno de los tres podía realizar la expresión con naturalidad, y en la cara se notaba, era evidente. Entonces solíamos irnos mientras ellas reían. Supongo que cada uno tiene algo que carece, o que debería tener, y al estar ausente se transforma en burla. Recuerdo que una de ellas, de mis primas, insultaba -o más bien la otra se sentía ofendida- al mencionar el color de piel de su hermana, ser mestiza estaba bien, ser blanca no. Y así funciona en la familia de mamá: estos gordos, estos blancos, estos godos, estos liberales, nosotros des-gestados. 

Los comentarios en la niñez son deplorables, no sé de dónde acá los han considerado angelicales. La ausencia del movimiento no me traumatizó, incluso creo que generó en mí todo lo contrario: una seguridad, una invencible seguridad diferencial. O creo que papá así me lo hacía sentir: su firmeza en la carencia de aquella expresión generaba una regia confianza propia que me era transmitida. Será también porque nunca presencié el gesto en mamá. Por años la vi seria en las fotos, tratando de evitar al máximo el gesto anómalo. Es extraño: de pequeño mi hermano mayor lo dominaba -mamá nos tomó cientos de fotos-, lo hacía con gracia; después, en él, se fue deteriorando, desapareciendo. Habrá sido por la ausencia del referente o por no advertir la sonrisa de mamá detrás de un lente mientras el disparo estallaba.

El gesto es un eufemismo de la sonrisa. Papá reía, no sonreía, o más bien algo semejante a la sonrisa brillaba con malicia en su cara al escuchar que le mentían: su boca se desplazaba hacia el costado derecho de su cara y entornaba los ojos. Como lo hago yo cuando escucho algo que me intriga o me inquieta. Yo sonrío, mis hermanos también lo hacen, pero ellos lo hacen de la misma forma que papá: cínicos. Sonrío, en soledad más que en público; también cuando la escucho a ella, aunque modifico el gesto tan pronto caigo en cuenta de él en mi semblante. A ella se le nota un lunarcito diminuto que lleva en la punta de la nariz cuando lo realiza, sereno y limpio. Mamá sonríe cuando la visito, cuando ha pasado una temporada larga sin vernos. Sonríe también cuando cuenta historias tristes: imagino que relaciona la sonrisa y la vida con sucesos dramáticos. Entonces, mientras narra lo que ha pasado con tal fulano, sonríe y menciona que la vida es así y no podía ser de otra manera; y, justo al finalizar la historia, sus dientes se destapan y realiza el gesto. 

La gente lo espera y, si no se realiza, creen que algo sucede. Intuyen una tristeza en el pecho, una molestia, una incomodidad, un fastidio. Creo que mis hermanos han decidido exagerar el gesto para evitar esos comentarios. El mayor, por ejemplo, lo ridiculiza en las fotografías; tal vez su esposa lo pide: no quiere tener una imagen en la que su cara está extendida y él permanece serio. Cuando nos toman fotos a los cuatro, mamá extiende su boca, sus dientes superiores se destapan y la cara se acomoda. Nosotros tres replicamos el gesto que se da al cierre de un suspiro: el movimiento de la boca al exhalar, cuando la tristeza se va y sólo queda la esperanza.

Al presentarse o despedirse también se realiza. Ellos y yo procedemos análogamente: apretamos la mano del interlocutor, viendo directamente al otro y cerramos con ‘un gusto’. Eso es todo. En el caso de una mujer latina o de un amigo cercano, se puede permanecer serio porque el abrazo o el beso ciega la sonrisa. Papá era muy serio, imagino que no sonreía ni realizaba el gesto por la misma razón que no nos decía que nos quería: para que no se perdiera la magia. Esto, lo del querer, me lo dijo mamá sentada a mi lado mientras veíamos fotos suyas. Cerró la anécdota con un beso que me dio en la frente y, después, efectuó la expresión. Pobre papá, pasó de no sonreír a imitar los ladridos de los perros en las noches.

Su nombre es una preciosidad. Parece la especie de una gardenia, o el nombre de un hueso finito; incluso parece la raíz latina de recto, pero la palabra se pandea: transversalmente desciende. El gesto entra en contrariedad con la palabra que lo nombra. Veo nuevas fotografías: otro primo materno y su esposa, una expresión definida; su gesto es muy parecido al de su padre, por razones físicas lo es: sus facciones son similares. ¿Habrá visto -desde pequeño- la deformación en la cara de su papá y copiado el desarrollo del ademán? Si yo pudiera observar el retrato de mi tío, una y otra vez, tratando de copiar la forma de su gesto, no podría reproducirlo. La traba del gesto es física, así aquel tío sea hermano de mamá y sus caras tanto se asemejen.

¿La imposibilidad de realizar indica la desposesión? Sin duda: tener un brazo y no poder usarlo es igual a no tenerlo, únicamente cumple una función estética, espacial de permanencia mas no de uso. Lo mismo da que papá esté vivo o muerto si no se mueve, ni habla: sólo está presente. No volvió a suspirar. El hombre vegetal ocupa un lugar delimitado, aquel hombre no despertará jamás, la esperanza ni siquiera está entre manos porque no hay reverso. La familia del secuestrado espera que regrese: siempre queda la esperanza de encontrarlo vivo, de que escape, que el secuestrador dé una señal de vida. La mujer que yace postrada en una cama de hospital, en coma, con signos vitales activos, puede regresar; nada será como antes, todo habrá cambiado, pero la esperanza permanece, por lo menos en aquellos que pueden costear y persistir -es una moneda de cambio costosa-  lo suficiente hasta un posible regreso. Casi todo es irreversible, menos papá. Papá no es reversible, papá yace en cama y poco a poco su gesto desaparece. Tal vez, cuando muera, pueda dar un último suspiro. A lo mejor se aleje con una expresión perfecta inmaculada en su cara.

Cuando me veo en el espejo, lo veo a él. Cuando veo a mamá viéndose al espejo lo veo a él. Seguro papá pudo observar la expresión original de mamá. Seguro la vio modelar su cuerpo frente al espejo y ensayar, por pura coquetería, el gesto. A lo mejor practicar una conversación, y papá seguro la vería con una seriedad entrañable, y mamá le preguntaría: '¿Qué tal?'; daría una vuelta y lo miraría con un amor exquisito y papá movería su boca hacia un lado, con curiosidad, con un cariño singular.

La expresión en su estado natural es hielo, cuando se descongela se espera la palabra; de su ausencia se espera el silencio. Papá no hablaba: contaba historias, relataba sucesos, rezaba. Fue un hombre íntimo, como su gesto.